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Cuando la mina habla: Leyendas que recorren las minas del Perú

Diversos personajes y relatos han servido para expresar los miedos y fantasías del mundo minero.

La minería en el Perú no solo ha marcado la economía, sino también el imaginario popular, a través de historias que mezclan tradiciones andinas, espiritualidad y experiencias de trabajo. Estas leyendas han cumplido una función muy clara en la cultura minera, definiendo límites, enseñando el respeto por la tierra y recordando que, en ese entorno, hay situaciones que se escapan al control de los hombres. Son relatos que han funcionado como una forma de explicar lo impredecible, definir reglas de supervivencia y alimentar supersticiones.

PERSONAJES DE LEYENDA

Entre las más conocidas está la leyenda del Muqui, un ser pequeño como un duende, fuerte y con rasgos toscos, que se dice habita en el interior de las minas. Puede proteger y ayudar a los mineros que le caen bien (mostrándoles dónde están los minerales o evitando derrumbes) como castigar a quienes no respetan la mina o no le hacen ofrendas como hojas de coca, alcohol o cigarrillos para ganarse su favor.

Además del Muqui, relatos sobre minas “malditas” vienen desde la época del Virreinato, especialmente en centros como Potosí, muy vinculado al circuito minero peruano de ese entonces. Con condiciones extremas de trabajo dentro de los socavones comenzaron a circular historias de lamentos en los túneles, apariciones de sombras o de espíritus que resguardan el mineral. Son crónicas orales que se compartían como memoria colectiva de un pasado duro en la actividad minera.

Más adelante, la extinta antropóloga Carmen Salazar-Soler investigó las historias que surgían de los socavones en la década de 1980. En su trabajo recogió testimonios de mineros que en la soledad y oscuridad del socavón proyectaban sus miedos y fantasías a través de una variedad de personajes como el Muqui o Juana Tintaya, una aparición femenina rodeada de un halo de luz roja, que se decía robaba niños, y era invocada por los mineros de Julcani, en Huancavelica, para solicitar su benevolencia y permiso. Además, aparecían en estos relatos criaturas míticas andinas como el Pishtaco, que extrae la grasa de sus víctimas y simboliza el rechazo a lo foráneo; la serpiente gigante Amaru o el demonio Qarqaria.

EN EL CAMINO DE LO FANTÁSTICO

También se pueden identificar leyendas mineras en diferentes zonas del país. En el sur andino, por ejemplo, se habla de la figura del “Tío”, una deidad subterránea representada como un diablo, que otorga riquezas o provoca accidentes. Es una leyenda extendida sobre todo en Bolivia para explicar cómo el trabajo minero depende muchas veces de fuerzas fuera del control humano.

Entre las leyendas del sur, también voces extrañas suelen llamar a los trabajadores por su nombre dentro de la minas. Son voces que imitan a familiares o compañeros, y cuando alguien intenta seguirlas, puede terminar en zonas peligrosas. Por eso, se sigue la regla de nunca responder a una voz dentro de la mina si no se ve a la persona.

En el centro del país, en los antiguos socavones de La Oroya, los mineros también contaban historias de galerías que desaparecían o cambiaban de forma. En su camino se encontraban con paredes que parecían haberse movido, accesos bloqueados sin que exista un derrumbe o con rutas que llevaban a lugares desconocidos. La creencia popular dice que las minas deciden cuándo y a quiénes dejar salir porque protegen sus riquezas.

En Cajamarca se habla de un espíritu vestido de blanco que custodiaba las minas de oro. Se presentaba a mineros solitarios para mostrarles grandes depósitos con la condición de no contarle el secreto a nadie. Según la leyenda, quienes rompían el pacto sufrían accidentes o perdían todo lo encontrado.

Estos relatos populares revelan que el trabajo minero es inseparable del mito. No es que los mineros “crean demasiado en historias”, sino que estas historias son parte de cómo entienden la mina y cómo deben comportarse si están allí.