La narrativa clásica de la minería andina, tanto prehispánica como colonial, ha estado dominada por figuras masculinas: el minero indígena en los socavones, el fundidor frente a la guayra, el español en busca de vetas. Sin embargo, una lectura atenta de las fuentes arqueológicas y documentales, como la investigación de la doctora en Historia y Arqueología y catedrática de la Pontificia Universidad Católica del Perú, Luisa María Vetter Parodi, en su libro Plateros y saberes andinos: el arte orfebre en los siglos XVI-XVII, permite entrever un panorama más complejo donde las mujeres tuvieron un rol definido, aunque a menudo subordinado.
Antes de la conquista
En el periodo prehispánico, la participación de la mujer estuvo profundamente entrelazada con lo ritual y lo simbólico. Vetter señala que la extracción y transformación del metal no era un acto meramente técnico, sino un proceso cargado de sacralidad, regido por “los cánones andinos de reciprocidad y participación en intercambios mutuos de dones”.
Dentro de esta cosmovisión, las divinidades tutelares de las minas, como las Coyas (asociadas al oro) y las Mamas (vinculadas a la plata), encarnaban una energía femenina poderosa que regía la fecundidad de los cerros. El minero, al obtener el mineral, establecía un diálogo ritual con estas entidades, ofrendándoles para asegurar la riqueza del subsuelo y su propia protección. Así, la mujer, en su dimensión sobrenatural, era la dadora primaria del “regalo divino de los dioses”.
En el plano concreto de la producción, la evidencia arqueológica sugiere roles especializados. Si bien la labor dentro de los angostos socavones, descritos por el cronista Sancho de la Hoz como lugares donde apenas cabía “una persona agachada”, parece haber sido predominantemente masculina, las etapas posteriores de selección y procesamiento inicial contaron con mano de obra femenina.
El pallaqueo —la minuciosa separación de la mena valiosa de la ganga— se realizaba al pie de la mina, frecuentemente a cargo de mujeres. Vetter incluye una ilustración de este proceso, mostrando una escena de trabajo colectivo donde su presencia es plausible. Asimismo, en talleres orfebres como los excavados en Pampa Grande (cultura Moche), se han identificado áreas diferenciadas para la preparación de alimentos y chicha, tareas socialmente asignadas a las mujeres, lo que indica su integración en la logística de los centros de producción especializada.
En la conquista
El escenario cambió dramáticamente con la Conquista. La voraz demanda de metales preciosos por parte de la Corona española transformó la minería de una actividad ritual y estatalmente regulada en una empresa de explotación intensiva. En este nuevo orden colonial, la mujer indígena ingresó al sistema productivo principalmente a través de dos vías: como parte de la mano de obra forzada indirecta y como trabajadora libre o minga en tareas específicas.
La mita, el sistema de trabajo obligatorio por turnos instaurado por el virrey Francisco de Toledo, fue formalmente masculina. Los miles de mitayos que acudían a Potosí o Huancavelica eran hombres. Sin embargo, su desplazamiento masivo generaba una crisis demográfica y económica en sus comunidades de origen. Las mujeres, ancianos y niños que quedaban atrás debían asumir la carga del tributo y sostener la agricultura comunal, soportando así el costo humano indirecto de la minería colonial. Era una participación invisible pero fundamental para la reproducción misma de la fuerza de trabajo minera.
Presencia directa
No obstante, también hubo una presencia femenina directa en los centros mineros. El cronista Luis Capoche, en su descripción de Potosí, y estudios posteriores citados por Vetter, identifican la especialización laboral que surgió con la amalgamación.
Entre los oficios, se menciona a los pallires (del quechua pallay, juntar), quienes se encargaban de seleccionar y descartar el material en las canchas a la salida de las minas antes de su envío a los ingenios. El historiador británico Peter Bakewell, citado por Vetter, especifica que estos pallires “podían ser mujeres”. Esta labor, aunque menos peligrosa que el trabajo al interior del socavón, era igualmente ardua y expuesta a los elementos y al polvillo mineral.
Su papel se extendía también a labores de apoyo esenciales en los campamentos mineros, que rápidamente se convertían en villas abarrotadas como el propio Potosí. Mujeres indígenas, mestizas y posiblemente algunas españolas, participaban en la provisión de alimentos, la preparación de comida, el lavado de ropa y el cuidado de los enfermos, sosteniendo la infraestructura doméstica que permitía la continuidad del trabajo extractivo. Además, en contextos de huérfanos o extrema pobreza, algunas mujeres podían verse forzadas a asumir roles tradicionalmente masculinos para sobrevivir.
La documentación de archivo revisada por Vetter, aunque centrada en los plateros (oficio gremial y registrado, mayoritariamente masculino), ofrece indirectamente pistas sobre este mundo laboral femenino. Los “conciertos de aprendices” que regulaban el entrenamiento en los talleres de platería, y que la autora analiza, eran acuerdos formales que normalmente involucraban a niños y jóvenes varones. La ausencia de mujeres en estos registros no significa que no manipularan metales, sino que su aprendizaje y trabajo se daba en espacios informales, domésticos o en las márgenes del sistema productivo reconocido.
Un ámbito donde su destreza pudo haber sido relevante fue en la continuidad de técnicas decorativas nativas. El uso ritual del cinabrio (sulfuro de mercurio) en polvo para pintar máscaras y objetos de metal, una práctica prehispánica documentada por Vetter, requería de una meticulosa preparación y aplicación. Es posible que este saber especializado, relacionado con la transformación de minerales en pigmentos y su uso ritual, se haya preservado en espacios femeninos.
La historia de las mujeres en la minería, como señala la investigación de Vetter, no está escrita en los grandes registros de vetas y lingotes, sino entre líneas, en la logística del trabajo, en la resistencia cultural y en la sombra de los socavones.



